Catástrofes significadas

Contar que es tu cumpleaños es irrelevante. La gente cumple años cada día. No es un hecho noticioso. Tachar.

Tampoco interesa que te manguen la cartera en plena calle, ni describir el careto que se te queda cuando sientes el bolso más ligero, lo miras, te mira, ya abierto y sin monedero. TacharTachar.

No atrapa la atención que somatices el tremendo mosqueo y pases la noche con las cagaleras y las vomiteras de la muerte. Tus dramas personales no importan. Ahora bien: los sucesos profesionales, los cataclismos laborales, las catástrofes propias de papelera… esas interesan todas.

Desde los inicios, a la puerta de Atentamente le ha gustado significarse: que si ahora no me cierras ni a culazos, que si ahora doy un portazo que tiembla el misterio… Como ya venía rodada con los delirios de grandeza del váter, le aclaro que quién dijo miedo habiendo cerrajeros. En buena hora.

Una tarde viene mi querida C. a preparar el taller de pintura de tiza. Pensamos colores, diseños, ornamentos… Y en ese clima inocente, vemos pasar —¡carita de Munch de wasap!— la grúa municipal.

– C.: ¡Que mehedejao el coche mal aparcado en la puerta!

– Papelera: ¡Corre, ragazza, corre!

Sale C. como un foguete. Le persigue la papelera. La puerta da su significado portazo. Y falsa alarma. Esta vez, la grúa iba a por otros. Afú.

Regreso a la tiendita… y no. Que nno. Que nnnno puedo abrir. Parece que a la puerta le moló la comparación con el váter, y va y se atasca, la muy hijaputa significada. Se baja C. del coche, tira de la puerta con toooda su fuerza maragata. Nada. Y yo empiezo a hacer pucheros, dispuesta a enumerar mi lista de dramas personales. Pero no me lo permite:

– ¿Tienes otras llaves de Atentamente en tu casa?

Sip.

– ¿Y alguien que tenga copia de las llaves de tu casa?

– Mmm… ¡Sip!

– Pues sube al coche, que esto tiene arreglo. Y me da tiempo a llegar a clase de italiano.

Ya de vuelta, me siento en el ordenador con naturalidad, pero la miro de reojo, cagaíta, y prometo al cristo de todas las puertas no subestimar, nunca jamás, a una puerta significada.

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Romeros atentos 

– Ay, hija, que tienes la tienda muy lejos, y tengo que coger el 2, que me deja en los hospitales, y luego hasta aquí, afú, que tengo los pies imposibles, afú.

– Pues es que hoy es fiesta en mi ciudad, y aprovecho para venir a verte.

– He aparcado fatalmente, pero va a ser un momento… creo.

– ¿Puedo entrar con la bici plegable?

– Estaba paseando al perro y tienes un escaparate que… ¿Si cojo a Blas en brazos me dejas pasar?

– Y entonces, cuando he visto en Instagram las plantillas de Martha Steward… he cogido el bolso, y con mucho disimulo he salido de currar.

– Es que me han operado de varices y el médico me ha dicho que ande, que ande. Que sepas que desde mi casa hasta Atentamente hay 3 kilómetros. Así que me llevo un washitape, que me lo he ganao.

Aivá, ¿estás fregando? Si es que parecemos los del programa Madrugadores, pero era por ver los papeles nuevos de Tassotti.

– Sé que es tu hora de cerrar, perdona, pero esas tarjetas de Rifle Paper… ¿Puedo?

Y así, cada día, llegan los romeros atentos, gente que se toma muchas molestias para peregrinar hasta la tienda de papel. Llegan cansaditos —”¡Qué frío otra vez!”, “Aparcar aquí es un milagro”, “Solo un vistazo en lo que salen los chiquillos del cole”— y van frenando, poco a poco, mientras miran, escuchan, huelen, suspiran… y sonríen, me encanta cuando sonríen. Ya en la puerta, algunos se despiden, muy solemnes: “Tu tienda. Es preciosa.”

Si no hay confianza, les sonrío. Si la hay —con que hayan peregrinado un par de veces, basta; soy de apego fácil—, brinco de mi silla de dentista, casi no digo nada para no llorar, que tampoco pasa nada por llorar, que llorar es sanísimo, ensancha los pulmones… y les beso un poco, acaricio su mano, les doy un leve abrazo, les agradezco que peregrinen, tan atentamente, para hacer unos cariños a la bimba de papel.

Llena eres de música

Habrá días en los que coma espartanamente, y habrá semanas en las que habite una cochiquera, pero no habrá un solo día —un-solo-día— en el que no escuche música. Si voy en coche, suena Radio 3; si salgo a correr, lo que salte del iPod, si voy camino de la tiendita de papelSantiBalmes+todolodemás. A los que nos pasa, esto nos pasa: la música nos hace más altos, más guapos, y con los ojos más azules.

Era inevitable, pues, que la bimba de papel saliera muy musiquitas. Quizás porque, antes de ser papelería, fue el atelier de un lutier. Quizás porque entre sus vecinos se encuentran dos escuelas de música, el conservatorio y la estatua de Rafael Farina. Quizás porque entre las primeras cosas que tuvo fue una pista de baile, escrita con washitapeQuizás. Quizás. Quizás.

Cada día de la semana, la tienda afina su oído con músicas diversas: los lunes, culta; los martes, europea; los miércoles, tangos, boleros, samba sudamericana; los jueves, música de raíz americana; los viernes, SantiBalmesQuieroPorlarContigo música indie; y los sábados, la música se acomoda a si la bimba está más cansadita, más revoltosa, más pensativa.

En los sellos de partituras y de cintas de casete; en el papel de instrumentos musicales, en la perforadora de la corchea, en la ilustración del león en pleno riff, en el Te Veo Música… Llena de música. Con el rollo del San Valentín escribí en el espejo una estrofa de la canción de amor más bonita del planeta. Por suerte el valiente coñazo pasó, y la canción sigue, queriendo pintarte, aunque no lo consiga.

A veces, en estas mañanas de primavera, la bimba se queda quieta, en silencio, la música está fuera: los pájaros, contándose cosas propias de pájaros, el viento tonteando con las hojas de los abedules, bambinos en fila de a dos, camino de alguna aventura… Me gusta entonces dejar la puerta abierta. No importa si entran también moscas y pelusas… porque la bimba se sonríe, se llena de gracia, y de música.

Profesora-papelera

Por las mañanas, Atentamente está preciosa. Me parece, por eso, muy normal encontrar una pareja sentada frente a la persiana, en el bordillo del jardín, entre magnolios, arces, abedules. Yo a veces también lo hago. Qué bonita está la bimba, aún dormida.

La despierto con cuidado, y entra la pareja. Me cuentan que están buscando un cuaderno porque su profesor se jubila, y quieren darle las gracias por ser tan excelente. “Es un hombre que sabe tanto, y que lo cuenta tan bien… Ayer mismo, en clase de Historia del Arte, ¡nos estuvo hablando de pájaros!”

Eligen un cuaderno fabuloso, con una cubierta que cruza el Estrecho de Bering, el Mar del Norte y el Pacífico. También Australia, donde un koala, superagusto, abraza ¿una acacia?

Me quedo pensando qué suerte mutua, la de los estudiantes, y la del profesor. Los entiendo bien porque tuve Maestros que me enseñaron, sobre todo, actitud. Así también yo lo intenté porque, antes que papelera, fui profesora. Como investigadora, escribía rollos mu cojonuos  artículos de investigación sobrios, rigurosos, pura ciencia. Un coñazo. Pero me las arreglaba para, en medio de aquel paramal, colocar alguna alegría que aliviara al sufrido investigador. Una vez me escribieron de una revista científica aconsejándome que, para su definitiva publicación, modificara ciertos aspectos de mi artículo. Y que se habían reído mucho con mis metáforas.

También en las clases me las apañaba para combinar el jeroglífico de los tesauros con palabras de Paul Auster; la historia de la documentación con música de Damien Rice; la estrategia de la información con la expedición de Amundsen; los criterios de selección documental, con los pasos funambulistas de Philippe Petit. Creía entonces que todo sumaba.

Los veo marcharse con su cuaderno viajero, me alegra seguir encontrando alumnos curiosos y agradecidos, me entra un poco de nostalgia… se me pasa pronto. Porque, aunque es probable que no haya demasiadas papeleras acreditadas por la ANECA, sé que la profesora está orgullosa de la estudiante de Primero de Papelerías. Y que todo suma.

El funambulismo que compensa

Todo este funambulismo…

“CriCriCri. ¡Cielos, ya? Uf, cinco minutinos más, y paso de salir a correr. A ver dónde está el móvil… Un correo de Artemio, otro de Tassotti, que está agotado el papel de los bigotes, ay qué disgusto, tan de mañana. Aivá, no queda café. ¿Se ha terminado el aceite? Mira, lo que nunca se acaban son estas sanísimas galletas de alpiste avena. Padentro. Me tendría que lavar el pelo. Y ya que no salgo a correr, paso el aspirador. ¿Qué me puse ayer? La falda de flores… Pues hoy los vaqueros de buenorra. ¿Bajo en bus o a pata? A pata que no sales a correr, y así entras en la Caja a ingresar el pastizal. ¿Hoy es… viernes? Toca indie. Nada de Love of Lesbian que la gente va a pensar que… ¡Y tengo que ir a por flores! Pues Caja+Flores no da tiempo. ¿Qué tendré hoy para comer? Nada, coleta y palante. Lo primero que hago nada más llegar es anunciar por facebook los talleres atentos. Qué guay que gusten tanto. Y llamar a los de las bolsas, que se han acabao las grandes y sufro. Arrea, esta semana es lo de la madre. Voy a pensar algo temático para las fotos de instagram. Qué va. Ya no me da tiempo a maquillarme: al bolso, y en Atentamente. ¿Pero y si me cruzo con el barrendero? Pues le explico que vengo de sacarme un litro de sangre. Ostras, cómo está hoy la Caja. Se debe haber corrido la voz del milagro de la multiplicación de la pasta. El barrendero ya ha pasado, si es que es tardísimo. Voy a aspirar, again, ahora mi casa de papel, a colocar las gomas de borrar que se caen del expositor todas las noches, japutas, que ya viene gente, buenos días, te puedo ayudar…”

Queda compensado por esto:

“Es que tienes una tienda muy bonita. Muchas gracias por abrir Atentamente.”