Taller sopetón

No es bonito que la semana en la que se destapan casos de corrupción fiscal te toque pagar el IRPF y el IVA —no el trimestral, que estamos en recargo de equivalencia, sino el de operaciones intracomunitarias. Que se note que me empapo los boletines de Infoautónomos—.

Ni está bonito que la semana en la que haces pedidos con el culo apretao anuncien en el parte chubascos localmente fuertes.

O que te pegues las tardes comiéndotelosmocos subrayando los boletines de Infoautónomos porque no entra ni Christopher en la tienda de papel.

Emprender es bonito… y tremendamente desconcertante. Pasas de ser la embajadora del washi a que entren a preguntarte si eres una mercería; o si tienes fuego, guapa —aquí sonrío mientras en los subtítulos de por dentro del cerebro se lee veteatomarporculo,salao—.

En tales situaciones, es fácil dejarse llevar por el bucle de ay qué malito estoy y qué poco me quejo. Es incluso legítimo. Y es cuando, los que saben, aconsejan cambiar de dinámica, virar hacia otro sitio, poner la atención en otra cosa… o, en lenguaje atento, que te llegue un taller sopetón.

En el sofá, hace unos mediodías, leo en el móvil:

¿Te llegó el correo?

Tengo pendiente una visita a Zamora y de camino, si quieres,

podemos hacer un taller de washi tape en Atentamente.

Me caigo del sofá porque era un mensaje de la reina del washi herself, porque no me llegó el dichoso correo, porque me parece muy precipitado, y porque estamos en pleno bucle ayquémalito. Le contesto, por supuesto, que .

El taller sopetón triunfa como la cocacola: mujeres —y niño— acuden en aluvión; se topan con una montaña adhesiva de cuadritos, rayitas, puntitos, confetis; se olvidan de sus particulares bucles… y empiezan a jugar.

Y mientras les escucho reírse, pienso que la próxima vez que entre en el lastimerío, me pego un washi donde me duela, me tiro del sofá y me pongo, de sopetón, a jugar.

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¡Que viene la atenta!

Es lo que creo que se dirán con la mirada los cajeros de la Caja. “¡Todos a sus puestos: que viene la atenta!” Yo no me entero porque vuelvo al planeta mientras me quito los cascos, convencida de que Santi Balmes quiere arriesgarse a conocerme y va a aparecer por la tiendita de papel cualquier día. Si no está ya allí.

Sin perder nunca de vista que emprender es bonito, hay gestiones, como las bancarias, que pueden resultar tediosas. A mí, en cambio, me gusta ir a mi Caja: apenas hay que guardar cola; los empleados trabajan ¡y sonríen! al mismo tiempo, y —la razón más poderosa— el abuelo atento fue cajero.

Un día, en la fase de intendencias previas a la apertura de Atentamente, me explicaron un cerro de cosas. Yo asentía, hacía como que entendía superbién lo de la cuenta negocio, el funcionamiento del tpv, las comisiones por las transferencias, las claves de la banca online y suputamadre el resto de particularidades cajeras. Por supuesto, no procesé nada, pero supieron aceptar mi atontamiento, y me volvieron a explicar toda aquella maravilla.

Son también compasivos cuando me arrastro a pagar mis multas de la zona azul. Aunque sean justificadas, aunque me las merezca, aunque luego se den de cabezazos contra el cajero automático —”¡Esta chiquilla colecciona papeles sin criterio!”—, ellos siempre se posicionan de mi parte.

O cuando ingreso mis dinerales. Salgo de casa con el pastizal re-que-te-contado. Y al llegar a la caja, se repite siempre el mismo ritual:

– ¿Cuánto traes?

– [Como esto es ficción, yo digo…] 300.000 euros.

– Eso es el valor facial. Veamos el valor contable.

Me quedo maravillada con lo del valor facial, pensando en qué circunstancia voy a poder usar expresión más distinguida. Mete la pasta gansa en la máquina cuentabilletes, los cuenta, me mira, le miro.

– Pues estás equivocada.

– ¿… Hay menos?

– ¡Hay 500.000 euros!

Y se me caen las lágrimas de la risa, como a la carita del wasap.

Ya me marcho a toda castaña para abrir la tiendita de papel. Me gusta mi Caja porque llego como sea, pero siempre me marcho contenta. Y en lo que me pongo de nuevo a Santi Balmes en la oreja, me imagino, a mi espalda, la sonrisa cómplice de los cajeros: “Madre mía con la atenta!”

Delirios de abuela

“Ese negocio de la nena… Le va a ir bien.” Así de claro tenía abuela Rosario el porvenir de Atentamente.

Hace unos días que se nos ha ido. Era una abuela ¡tan! abuela, que era la madre del abuelo atento. Y aunque ha llegado hasta el final de su camino ―que es como la vida tendría siempre que ser― nos deja mucha pena. También muchas historias contadas maravillosamente, entre risas y lágrimas, gesticuladas con su manecicas retorcidas y sus ojazos azules. Porque para abuela, tan importante era la historia como saber contarla.

El verano pasado ya nos avisó de que estaba muy cansadita. Yo estaba disfrutando del inventario ―ese que luego borré― cuando el abuelo atento, con un hilo de voz, llamó: la abuela no estaba bien. Marcharon a cuidarla y a cada kilómetro que se alejaban, con más tristeza tecleaba las referencias del washi tape ―a lo mejor por eso se borró, porque era un inventario triste―. Algunas tardes, me contaban los delirios de abuela:

  • Nena, ¿has traído dinero para pagar a estas señoras? (por las enfermeras)
  • Yo ahora ya me marcho a preparar la cena de Mariano (su marido, que llevaba 17 años muerto)
  • Es que a mí me gustan las naranjas, y las pescadillas pequeñicas (este delirio es mi favorito. Lo escribí sorbiendo mocos y aún sigue pinchado en el tablón del atelier)

Se puso milagrosamente buena, y viajé yo también a verla. La encontré muy abuelita, preciosa y aún con ganas de contar. Ya al marcharme, me pidió:

  • Nena, tienes que mandarme una foto de tu tiendecica.
  • Claro, abuela.
  • Pero que sea en color.

Abuela Rosario se nos ha ido y no he heredado sus ojazos azules. A cambio, me deja su ejemplo de mujer resuelta, independiente, sensata, dulce, de risa fácil… Ojalá mi habilidad para saber contar ―y para delirar― me venga, también, por parte de abuela.