Pequeño cuento de navidad

Llega una chica a Atentamente. Pasea tranquila entre troqueles y washis, mientras juguetea con medio folio, arrugado, entre las manos. Al marchar, comenta: “Te sigo por instagram desde Barcelona, he venido a pasar las fiestas con mi familia, y solo quería que supieras que tienes una tienda preciosa.”

Un chico mira desde fuera y comprueba algo en una hoja. Mira el escaparate. Mira la hoja. Entra. “Vivo aquí al lado, y la verdad es que no te había visto hasta ahora. Vengo porque mi chica dice que es la tienda más bonita de la ciudad.”

“Pues es que me habían dicho que viniera, que viniera y que viniera”, insiste una chavala lindísima. Guarda un flyer en el bolso, y da unas vueltas suspiradas por la tienda.

Entran discutiendo:

  • Si ya sabía yo que era aquí.
  • Claro, después de leer el papel 20 veces.
  • Lo leo porque no soy cegata como…
  • Como nadie. Calla y tira padentro.

Parece que se les pasa la bronca mirando las postales antiguas. Se buscan la mano frente al pupitre rural, y al reflejarse en el espejo de la abuela, se miran… y se acarician.

Se marchan agarrados de la mano –“¡Que tengas mucha suerte!”-, cuando veo su papel tirado en el suelo, frente al pupitre. Salgo al encuentro de los reconciliados –quéfríííío-, pero ya no están. Así que, lo guardo en el bolsillo mientras apago las lámparas, la calefacción, la música, me preparo para cerrar.

Entonces, noto el calorcito. ¿Es el papel? Es el papel, que, como los buenos recuerdos, también abriga.

Y dice el papel -el flyer, la hoja, el trozo de folio: “Y esto os servirá de señal: encontraréis una tienda que es una bimba preciosa…  envuelta en papeles.”

 

Tesoros en el buzón

Una se piensa que es lo más del veraneo, que hace unas cosas que te cagas, que lo petas que fascinan. Una se cree, por ejemplo, que escribe las postales de navidad más molonas, las más entrañables, que causan las más tremendas emociones… Qué va, qué va, qué va.

Esta semana he recibido un montón de felicitaciones de navidad. Pero nada de papásnoeles del wasap ni bodrios textos de Paulo Coelho en el muro del feisbuk. Son postales especiales, pensadas con cariño y escritas, con las palabras más bonitas, en papel.

Algunas las manda la familia. ¿La familia? Claro. Aunque nos lo decimos cada vez que nos vemos, también nos gusta recordarnos, por carta, que nos queremos. “Nena, se desliza el boli taaan bien por este papel…”, escribe la abuela atenta en Bimba con dono, una postal italiana que compró… en Atentamente.

Otras son de amigos, las traen en mano. Aparece A., clienta atenta number one, como que para comprar –y pedir facturas, afú-. Mientras yo hiperventilo porque la base imponible y el iva no suman el precio de venta al público -afúúú-, ella me da una postal: dentro lleva el sello de los muñecos de navidad, y fuera, unas velitas de washitape. “Mira, la hemos hecho en el cole. Para ti.”

V. ya me mandó una postal este verano, antes incluso de conocernos. En la tienda de papel está su delicado libro de poemas, ilustrado con agua de té. Trae unas postales de regalo, y otras para vender. Hay unos papánoeles –mal-, pero vestidos de azul –bien-.

Es la cartera quien llega con la tarjeta de S., decorada con el detalle que pone a todas las cosas. Papel suave, sellos, troqueles, washis… Y lo mejor, palabras. Las leo, empiezo a hacer pucheros, entra gente, y los recibo atentamente entre lágrimas. Y a todos nos parece bien.

Hacerlas o comprarlas, pensarlas, escribirlas, enviarlas, recibirlas, olerlas, tocarlas, releerlas, guardarlas… No creo que sean solo postales. Son tesoros en el buzón.

 

 

 

Flores fantasiosas

Hay en Atentamente flores y más flores: está la tinta de los colores de las flores; la pared de papel pintado, que es de flores; los cuadernos, las lámparas ; el librino con chapa ilustrado por Enrique… Flores. Es sabido: a la tiendita de papel le gustan ¡tanto! las flores.

Pues esta semana he recibido un ramo de flores.

Estaba ahí, a mis cosas de papelera, cuando llega el repartidor:

  • ¿Eres la tiendita de papel?
  • Oui, ç’est moi (sic)
  • (Qué lástima de chiquilla) Esto es para ti.

Es un ramo precioso: astromelias rosas, margaritas malvas, paniculata, unas bayas, ¿es eucalipto lo que huele tan bien? Busco la tarjeta, a veeeer… No hay. ¿No hay tarjeta? ¿Alguien me envía flores, y vienen sin tarjeta?

En realidad, sé bien quién las envía. Y creo que lo hace así para invitarme a fantasear.

Pues fantaseemos.

Son de Andrea. Italiano. Deportista. Apolíneo. Ha ido a Bassano, a la mismísima Fábrica Tassotti, para escoger personalmente la postal, que dice: “Cara mia, sei così bella come queste fiori.”

O son de Santi. Es catalán. Está demasiado flaco. Canta. Tarareo su diminuta caligrafía, escrita en papel de Capellades: “Será un reencuentro inolvidable en noche azul, sí, ya lo verás. Cuando me gire entre la gente, serás tú, sí, ya lo verás.”*

Deshago el avión de papel prensa, para leer a Jacinto, que improvisa unas palabras con la emergencia de las redacciones de periódico: “La belleza de la selva pluvial es sutil, te va empapando; es como una mujer corriente que, cuando le da la luz de una determinada manera, aparece extraordinariamente bella.”**

Cortada de su bloc de notas, es Paul quien las envía, desde Prospect Park: “Lleva la cabeza alta. Que no te tomen el pelo. Pasea en bici por el parque. Ve mucho al cine. No te mates a trabajar. Haz un viaje conmigo a París. Acuérdate de lo mucho que te quiero.”***

Mi ramo, su olor -uhmm- es real.

Mis tarjetas, mientras las fantasee… también.

 

 

*Love of Lesbian, La noche eterna. Los días no vividos.

**Jacinto Antón, Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias, pp. 170-171.

***Paul Auster, Brooklyn Follies, pp. 299-300

Abuelos atentos

Dicen que el abuelo atento sólo sabe decir Sí/No, Gol, y Dónde está mamá.

No es cierto.

El abuelo atento también dice Voy ahora mismo, y coge su ordenata, lo echa al coche, y hace los 200 kilómetros que separan mi tierra santa de la tiendita de papel, para montar el plan contable, listar el inventario ―así lo nombra, listar, y yo me derrito― y poner orden en las facturas:

  • Nena, has pagado dos veces la misma factura.
  • Qué va.
  • Que sí.
  • Que no.

[Era que sí]

El día de la inauguración, la abuela atenta entra a hablar con los vecinos de Tribuna: “Oye, que sepáis que aquí al lado se ha abierto una papelería. ¡Y es colega vuestra!” Ante mi sonrojo, responde resuelta: “¡Si ni les he dicho que era tu madre!”

[Al día siguiente, llega una sutilmente extorsionada joven periodista, como que para hacer un repor]

Cuando les dije que iba a dejar mi trabajo y me iba a dedicar a leer, a correr, a viajar, a ver crecer mis plantas… los abuelos atentos me escucharon, y en lugar de arrearme un buen bolsazo “Pero qué hemos hecho con esta chiquillaaa!”, deciden: “Hala, que nos vamos ahora mismo a comer y a beber para celebrarlo.”

La abuela atenta va a todos sitios con sus pendientes de kimonos. El abuelo atento aparece con una máquina de coser para el escaparate. La abuela atenta cocina lentejas y cocidos. El abuelo atento los portea. El abuelo atento se echa la siesta en el sofá mientras la abuela atenta me acaricia el pelo: “Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos. Eres una papelera distinguida.” Y yo, con la cabeza en sus piernas almohada, le susurro que La Servilleta es más arrabalera, y que si no dice cojonescabronesiberdrolosjoputas tacos, se asfixia. Los abuelos atentos regresan a tierra santa prontito, que no haya niebla en la carretera. Si tienen temores o dudas, no los trasladan. Sólo dejan abrazos, bastones, orejas y táperes.

A veces, me dicen que Atentamente se me parece. Como yo me parezco a mis padres. Ojalá sepa enseñar a la tiendita de papel todo lo bello, lo bueno, lo verdadero, de sus abuelos atentos.