Con ayuda del vecino…

… mató mi abuela un gorrino. Esta sentencia la he escuchado miles de veces en casa, y con ella, nuestros padres nos enseñaban la importancia de saber pedir ayuda, y apreciar el valor que adquieren las cosas hechas entre todos. Que no fuéramos de titanes por la vida, que con un Hércules ya llegaba.

Mientras escribo, seguramente M. esté acabando de pintar con rotus de vidrio el escaparate de Atentamente, dibujando margaritas, mariposas, alguna abeja… Antes, habrá colocado las tarjetas con mensajes que ha pintado y escrito una por una –“Mir, ¿me harías alguna con estrofas de Love of Lesbian?” Claro, nena.” Y regresará a Madrid para seguir con su vida y con su afán.

Mientras escribo es probable que M. y D. estén dándole los últimos retoques a la lámpara de la entrada -desmontada, limpiada, cambiada la instalación y vuelta a montar- para que luzca espléndida. Porque las lámparas modernistas no se restauran solas. Pero con la ayuda del vecino…

Cuando me planté frente a la primera estantería Besta, arremangada y sin un solo destornillador, tuve que llamar a P. –“Si esto es como un Lego, meri”- y más tarde a F. –“Pero, a ver… ¿Dónde está la encimera?” Porque compré un fregadero, pero se me olvidó la encimera. Y entonces, apareció J., el Paul Newman de las soluciones integrales, y me puso el fregadero, me arregló la cisterna, me trajo un ebanista y un pintor. Y aunque él aún no lo sabe, también me va a instalar la lámpara modernista.

Y con la ayuda del vecino, S. me recomendó a un graffitero para pintar la persiana de la tienda. Vino en junio, con sus cascos, su gorra, su perilla, sus pantacas caídos. Miró la persiana, miró el logo.

  • ¿Cuántos días te llevará esto?, le pregunté.
  • Como mucho… 1 hora.
  • Vale. Pues nos vemos en agosto.

Y C. se ha recortado todas las letras de cartón del atelier; ha buscado páginas de inspiración, ha espiado tiendas para descubrirme cosas, ha plegado gueishas de origami y colocado un zócalo de washitape. Ha pensado en talleres, estampado sellos en las guirnaldas y ordenado geométricamente troqueles y guillotinas. Hasta se ha montado una librería Hemnes.

Y montones de llamadas, de mensajes, de visitas, que disuelven cansancios y dejan alegría.

[Mi familia merece una servilleta aparte…]

 

No nace sola mi tiendita de papel. Nace con la ayuda del vecino.

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En busca del nombre perfecto

(Chat con mi querida S.)

–       Ay, Marieta, no sé qué le pasa al Facebook contigo, que me pide todo el rato que visite La niña rubio.

–       La niña rubio… Pues sería un nombre precioso para mi tiendita de papel.

La sugerencia de S. no cumplía ni un solo requisito para ser un buen nombre –un buen naming, que se me noten los libros de marketing-: no era corto, no se asociaba naturalmente al negocio, no era fácil de recordar. ¡Era perfecto!

Escribí entonces a M. para pedirle que diseñara la identidad visual. Desde que se presentó al examen de Documentación con una camiseta de Google en la que se leía Voy a tener suerte, me ganó para siempre. Estaba segura de que era la mejor para imaginar mis sueños.

A los días, me llamó y me enumeró los requisitos de los libros de marketing. “No es que La niña rubio sea mal nombre, pero dale una vuelta, meritina, piénsalo más, inspírate, juega con palabras que tengan que ver con el papel, con papelerías… Y si no encuentras nada que te convenza más, a tope con La niña rubio.”

Dije que sí con la boca chica, porque yo ya sabía que mi nombre era perfecto. Aun así, pensé, busqué, jugué con palabras, hice una lista en el cuaderno… Y entonces -era por la tarde- llegó. Atentamente, escribí con mi mano zurda. A-ten-ta-men-te, pronuncié bajito. Atentamente… acaricié. Este sí que era perfecto.

Decidí probar su efecto diciéndoselo a mis queridos más queridos. Se lo escribí a R. en una servilleta mientras tomábamos unos vinos. Asintió. A mis padres, en una blonda que ya está guardada entre sus tesoros. M. M. –quien, en una servilleta, me regaló el nombre de este blog, grazie, ganzo!- apreció que era muy buen nombre porque siempre estaría el primero en las papelerías de las Páginas Amarillas.

Más que un nombre coherente, preñado de recuerdos, Atentamente es una solemne declaración de intenciones: un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas; el cuidado en la música y las flores, el fundamento que sostiene los talleres, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.

Cuenta como quiero vivir. Es el nombre perfecto.

 

 

No saben que subí el Kilimanjaro

Yo intuía que ciertas intendencias previas a la apertura de Atentamente iban a ser prosaicas y tediosas. Por eso, llevaba en el bolso una piedrita del Kilimanjaro, para sentir su energía, y recordar que las cumbres se alcanzan si se suben pole pole.

Lo que no sabía es que hay intendencias mucho peores que el mal de altura, diseñadas para desfondar al personal, hacerlo enloquecer como Asterix en Las 12 pruebas, y generar mucha mala ostia animadversión hacia los oficinistas en general, y los iberdrolos en particular.

Iberdrola (día 1). 6 personas. 2 iberdrolos. 40 minutos de espera.

–       Buenos días, vengo a dar el alta de un local comercial.

–       Uf. ¿Eres la propietaria?

–       No.

–       Uf. ¿Has traído el IBI?

–       Pues no. Pero sí el contrato de alquiler.

–       No creo que me sirva. A lo mejor sí. Pero probablemente no. Empiezo a tramitarlo, pero me traes el IBI.

Nota mental: este infeliz no sabe que yo subí el Kilimanjaro.

Iberdrola (día 2). 5 personas. 2 iberdrolos. 35 minutos de espera.

–       Hola, traigo el IBI.

–       Ya no es necesario. Hay que abrir un expediente.

–       ¿Un expediente, por qué?

–       A ver, clase rápida de electricidad: al llevar tanto tiempo el local cerrado, se pierden los derechos, y para recuperarlos, hay que abrir un expediente.

–       Ya. ¿Y eso qué implica?

–       Más tiempo y más dinero. Yo ya sabía que iba a ser así, pero por cortesía inicié tu trámite, por si acaso.

Nota mental: aquí el cortés no sabe que…

Iberdrola (día 3). ¡0 personas! 2 iberdrolos. Sin esperas.

–       Uy, te llamé pero no lo cogiste.

–       No tengo ninguna llamada perdida.

–       Lo que sea: necesito el boletín del electricista, porque este del ordenador es ficticio (sic).

Nota mental: ¿y si le tiro la piedra a este gañán?

Iberdrola (día 4). 3 personas, dos niños en manada, 2 iberdrolos, 30 minutos.

–       El puto anhelado boletín.

–       Uf. Es fotocopia. No sé si te lo aceptarán. Si mañana te llamamos, es que sí lo han aceptado. Entonces vienes y –pausa dramática- sin esperas, firmas.

Iberdrola (día 5).

–       Como no me han llamado…

–       No, si el boletín lo han aceptado, pero es que el sistema no deja enviarlo. Espera que llamo, que pruebo, que le pregunto a iberdrolito… Anda… ¡Si lo estaba haciendo mal! Pues en 7-10 días tienes luz. ¡Next! (sic)

Y todavía no he empezado con Telefónica.

Pero no podrán conmigo.

No saben que subí el Kilimanjaro.

Al principio fue la música

Cuando te da un siroco y dices que vas a abrir una papelería-atelier, una de las primeras cosas que has de encontrar es un local –o una bajera, que dirían mis navarricos-.

Dice Jorge Carrión que las librerías han de rodearse de vecinos que les hagan espejo, lugares amigos que narren historias parecidas, tiendas cómplices con las que tender puentes.

Yo fantaseaba con encontrar un local cerca de Hydria. Nacer a la sombra de una librería tan enraizada, con ramas tan amplias, hermosas y diversas, me daba alegría. Y confianza. Sabía que junto a los libreros atentos las cosas iban a estar bien.

Pero los precios de los locales –o bajeras- me hicieron renunciar a las palabras poéticas de Carrión, y optar por la pálida prosa de los gastos fijos mensuales.

Y entonces fue la música. Porque, puede que haya gente que no sepa dónde está en Salamanca la calle Sierpes, pero todo el mundo sabe llegarse hasta la estatua de Rafael Farina, cantaor charro universal que vivió -y seguramente canturreó- en esta misma calle.

Así que fui a ver un local pegadito a la capa charra de Farina, y desde que lo pisé sentí que sí. Paseé por la sala, el taller, bajé al almacén… Desde el escaparate miré el magnolio del jardín. Lo imaginé provocándome cada primavera con sus flores rotundas; cada invierno, cobijándome en sus hojas barnizadas, y sentí que sí. Los vecinos –una imprenta, una fotocopiadora, un periódico, una escuela de música- me recordaron aquella poesía de los puentes. Por fin, le pregunté al propietario:

–       ¿Y esto qué fue antes?

–       Fue el taller de un luthier.

(Yo creo que entonces se oyó un SÍ mayor)

Volví a casa con el eco de virutas, gubias, cajas armónicas, cuerdas, clavijeros… Quizás estaba un poco sugestionada por mi reciente viaje a Italia, a Cremona, la ciudad natal de Antonio Stradivari, el luthier en cuyas manos nacieron joyas de madera eterna.

Necesitaba una opinión menos arrebatada y se la pedí a R. “Yo voy a verlo; si me gusta te lo digo, y si no, también.” Paseó por la sala, el taller, bajó al almacén –“Mola la cripta”-. Tenía prisa porque se había escapado del curro. Pero antes de irse, en mitad del local, asintió muy a cámara lenta, y solemnemente, sacó del bolsillo el disco que yo más quería, mientras musitaba: “Es aquí, maría, es aquí.”

Luego llegaría el origami y el washi tape. Pero al principio fue la música.